Una paulatina traslación de ejes

Imaginar qué va a pasar en el comercio exterior, en la política de internacionalización de las empresas o en los flujos transnacionales de bienes y servicios, cuando estamos inmersos en una cuarentena cuyos fin desconocemos, en donde por primera vez en la historia contemporánea los poderes públicos han decidido interrumpir la actividad económica por razones sanitarias, me parece una tarea presuntuosa y condenada al fracaso. No hay modelo que pueda prever lo que sucederá el día después. He leído previsiones, incluso cuantificadas, de posibles decrecimientos, pero como nadie comparará esas cifras agoreras con las reales de dentro de un año y pico, ancha es Castilla.

En estos momentos de desorientación general creo que es más importante analizar las fuerzas profundas que mueven el actual sistema económico, en lugar de ponerse a imaginar cómo será el impacto en el mundo post covid19, porque podemos describir un mundo parecido al de los dibujos de nuestros abuelos de cómo imaginaban el siglo XX.

Esta puede ser una crisis nueva. Desde luego no es una crisis de las periódicas consustanciales al capitalismo, ni una crisis de reconstrucción a las que se enfrentan los países después de una guerra. Es una crisis provocada por una decisión puntual, tomada con el sistema productivo intacto y con los “animal spirits” de los empresarios -de los que hablaba Schumpeter- también intactos. 

El día después de la cuarentena, donde quiera se decida que todo debería volver a ser igual, habrá que corregir la única variable que puede haber cambiado en el intermedio: el ánimo y las perspectivas de los empresarios que ese lunes por la mañana enciendan la luz de sus fábricas o de sus despachos. Y en ese momento los gobiernos jugarán un papel crucial para mostrar, o no, un camino de continuidad, tomando las medidas que den un rayo de luz a estos hombres de empresa, a los ciudadanos, de que continuar en el camino anterior es posible. Las medidas que se tomen, y como se trasmitan, jugaran un papel fundamental. Y la única fórmula para esos gobiernos será la de regar de dinero y con generosidad al sector productivo del país. Pero eso ya nos llevaría a otra cuestión de política interior que no es el objeto de esta breve nota.

A partir de ese momento paulatinamente se empezarán a notar cambios, a ver que mentalmente no hemos salido de la crisis igual que cuando entramos en ella, y estos cambios modificarán progresivamente los modelos productivos. Unos cambios que, en muchos casos, ya se habían iniciado calladamente y que no eran identificados como tales, ni por el gran público, ni mucho menos por la clase política.

En el tratamiento de esta crisis Europa ha fracasado. No ha entendido la índole del problema y, en consecuencia, las medidas, atropelladas, progresivas, desenfocadas -y en muchos casos ineficaces- de los gobiernos no muestran sino la distancia del estado de la tecnología -Marx diría el estado de la técnica- de nuestros hombres públicos, y no solo en muchos países, sino también en las instituciones de Bruselas: reaccionan tan tarde -estaban en lo suyo-, cierran fronteras –no han superado el concepto estado nación-, centralizan la sanidad, desconocían cómo funcionan los mercados de aprovisionamiento -en el caso español-, y se preocupan algunos por la obvia necesidad de limitar algunos derechos fundamentales, al no haber priorizado que precisamente el estado de la técnica no es el enemigo de esos derechos sino su garante. Unos derechos para cuya protección habrá que crear mecanismos de salvaguardia, pero no de desprotección. ¿O es que  hemos olvidado las causas del motín de Esquilache por la prohibición de ir embozados, o las revueltas por colocar alumbrado público en las ciudades?  ¿o es que las matrículas de los automóviles no limitan el anonimato de sus propietarios y ahora nos parecen lógicas? 

Pero Europa ha fracasado también. Al igual que cuando el Brexit. Que se te vaya un socio ¿no es, como en los divorcios, un fracaso de los dos? Europa, la Unión Europea, en ambos casos, Brexit y Corvid19, han aireado sus vergüenzas. Europa ha mostrado al mundo que no conoce la solidaridad y que no ha superado el concepto de estado nación, -los países se han replegado sobre si mismos-, algo que ya sabíamos algunos. 

Sin embargo, no se trata ahora tanto de mostrar las debilidades de unos sino las fortalezas de los que en principio sí han entendido algunos países asiáticos. Y no por sus mayores capacidades intelectuales, sino porque ya habían incorporado las nuevas herramientas de la tecnología a su gestión ciudadana, a la gestión que afecta a sus ciudadanos. 

Que nadie interprete, como seguro que alguno está tentado a hacer, que este es un golpe al capitalismo, o una conspiración de los malvados chinos. Esta es una llamada de atención a estar en el siglo XXI y dejar las fórmulas de gestión de antaño en los libros de historia, aunque sea la reciente historia del siglo pasado.

La incorporación de los desarrollos de la tecnología en Asia es un hecho cotidiano y los ciudadanos han comprendido que este hecho les aporta mayores niveles de bienestar y seguridad; y no solamente lo han aceptado, sino que además ahora van a comprobar que esa invasión tecnológica era positiva en casos de catástrofes colectivas. Nosotros tenemos que dejar que algunos de esos cometidos se hagan por las cámaras de los establecimientos privados; cuando se trata de perseguir un delito, a nadie le parece mal la utilización de esos videos -eso sí privados- no públicos.

Asia lleva invirtiendo esfuerzos, fondos públicos y privados en desarrollos tecnológicos muchos años, en algunos casos siguiendo innovaciones de Occidente, que este no ha sabido utilizar, obsesionado por su modelo de utilidad individual. Oriente, por el contrario, sí. Mientras Occidente lanzaba Facebook, Twitter, Instagram, etc., Oriente replicaba estas aplicaciones -WeChat, etc.- y trabajaba con ellas y con otras para crear redes socialmente aplicables, colectivamente aplicables. ¿Y por qué? Porque Oriente se ha centrado en desarrollar dos líneas de trabajo: la inteligencia artificial y el “Big Data” que nosotros contemplamos como armas de marketing y desarrollo empresarial, pero que pueden/deben ser de más amplia utilización. El caso del 5G es paradigmático, y el enfado de Trump, y la consiguiente detención de la consejera delegada de Huawei en Canadá, la prueba de lo que acabamos de señalar. Impotencia y evidencia de que EE. UU. ha sido superada por China en esa área. No se demonice a los chinos por esta pandemia; habrán cometido fallos, pero han tenido aciertos que nosotros no tenemos todavía. Miremos más bien a los fallos del modelo individualista.

Dos factores han definido en los años finales del siglo pasado el comienzo de la globalización, ya entonces discretamente iniciada: La revolución en el transporte y en las comunicaciones, completada a su vez mas recientemente con los avances en las tecnologías de la información que acabamos de comentar.

Chile es un país maravilloso, pero lejano. Lejano de todo. La América rica, la Europa rica, el Asia poblada, etc. Chile tiene unos magníficos productos frescos que siempre han sido de consumo interno. Hoy día en Greenwich, Connecticut los productos frescos son productos chilenos que salieron la víspera en avión y están por la mañana en los supermercados cercanos a Nueva York. ¿Alguien piensa que como consecuencia del Convid19 ese suministro se va a interrumpir?

Cuando compramos un coche Toyota todos pensamos que estamos comprando un coche japonés. Es una verdad a medias, porque ese coche se ha podido hacer en cualquier parte del mundo donde Toyota tenga fábricas. Pero además de la deslocalización, o localización, porque pueden ser plantas “ex novo” que no se trasladan desde ningún sitio, hay otra cuestión importante para tener en cuenta: las “cadenas de valor”, Si compramos un SEAT es casi seguro que está fabricado en la zona franca de Barcelona, y si es un Corsa en Figueruelas… Pues sí y no, porque sus componentes vienen de vaya Vd. a saber dónde. En la balanza comercial bilateral de bienes entre Hungría y España, por ejemplo, el signo que tome, superavitaria o deficitaria, depende de si un director de producción en Zaragoza decide poner ese mes en el Corsa de turno los motores fabricados en Hungría, o no. Si entramos en el mundo del textil ya este artículo no se acabaría. Las cosas no van a cambiar -no pueden hacerlo- de repente; y tampoco hay razones para que lo hagan.

El día siguiente a la reanudación de la actividad todo el sistema y la organización de la producción serán iguales, pero algunas cosas sí podrán empezar a cambiar. Las empresas readaptarán algunos de sus procesos para aminorar riesgos de desabastecimiento y miraran a otros países con más desconfianza, las agencias de riesgo-país contemplarán con ojos más atentos ciertas características de los procesos productivos, en los planes futuros de aquellas esas variables jugarán de alguna manera, pero los analistas financieros seguirán juzgando los balances de las empresas por la solidez de sus resultados. Y estos tendrán que ver con sus costes reales y, si no se interrumpe el transporte y no se cambian los tratados de liberalización del comercio, los flujos se seguirán pareciendo mucho a los anteriores. Por tanto, de lo que sí tenemos que preocuparnos es del mantenimiento del esquema de liberalización del comercio, el aceite que ha engrasado todo el crecimiento que ha fomentado el desarrollo del comercio y la inversión en el mundo. ¿Seremos capaces?

En este momento se esta celebrando la gala de entrega de la VII Edición del Premio Valores Democráticos.

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